miércoles, 23 de febrero de 2011

EL ESCUDO DE DON FRANCISCO PIZARRO, CONQUISTADOR DEL PERÚ.

Por D. Alexis Rolando Arévalo Vergara, Caballero Linaje de esta Casa Troncal.
La figura de Francisco Pizarro, conquistador del Perú ha sido innumerablemente tratada en la historiografía hispanoamericana. Si bien puede surgir en América Latina cierto recelo por los conquistadores españoles, debe uno también pensar que la conquista de América fue un proceso que tarde o temprano iba a ocurrir; abandonando así “su histórico aislamiento para ingresar al concierto de las Naciones del Nuevo y Viejo Mundo” (1). Es costumbre en el Perú escuchar opiniones encontradas sobre esta interesante etapa de nuestra historia. Hasta hace poco tiempo se podían encontrar dos posturas claramente diferenciadas, la primera, de carácter eminentemente indigenista, y la segunda hispanista pura. Aunque también cabe resaltar que hubo algunos pocos que vieron en ambos mundos, inca y español, la verdadera esencia del Perú.
En tal sentido, uno debe darse cuenta que no hay blanco ni negro absoluto. Si bien hubo una serie de actos contra la cultura autóctona también hubo grandes aportes por parte de la cultura española; sin esto hubiera sido imposible el mestizaje, tanto étnico como cultural, de lo que es hoy América Latina. Considero que la historia debe ser apreciada tal como se dio, y no mirar con una visión actual, algo que sucedió hace más de cinco siglos.
Uno debe tener cierta admiración por estos hombres, que cruzaron un océano desconocido con la esperanza de encontrar un destino mejor en tierras que nadie conocía y con los peligros latentes de tamaña hazaña. Primero fue Colón, luego vino Cortés en México y finalmente Pizarro en el Perú; tres hombres que dieron grandes riquezas y poderío al imperio más poderoso e importante sobre la faz de la tierra.

D.Francisco Pizarro, conquistador del Perú.
Me refiero al glorioso imperio español que envidiado en demasía por sus vecinos, finalmente menguaría convirtiéndose tristemente a partir del siglo XVII en una potencia de segundo orden. Acaso habrá alguna forma de recuperar tal brillo, ahora que está tan difundido el derecho comunitario. Acaso habrá alguna forma para que Hispanoamérica unida resurja cuál ave fénix. Eso lo dejaremos al tiempo y a los futuros gobiernos que se sucedan; que espero sepan ver que la unión hace la fuerza.
Luego de esta breve alocución, comentarles que teniendo gran apasionamiento por la historia inca y española de mi patria, trato de descubrir y estudiar datos poco conocidos con la intención de publicarlos y así sean conocidos por todos; pues la cultura no es privilegio de un pequeño sector sino que debe ser patrimonio de todos. En tal sentido, considero que es menester de todo aquel amante de su tierra, el hacerla sentir y amar así por todos. En esta ocasión he querido publicar algo en relación al descubridor y conquistador del Perú, Marqués don Francisco Pizarro.

Casa de D. Francisco Pizarro en Trujillo, Extremadura (España).
Aunque no soy un experto en las ciencias heroicas, siento gran afición a ellas por la belleza artística del trazo e imaginación del heraldista. Francisco Pizarro, aunque ilegítimo nació en noble cuna en la histórica ciudad de Trujillo de Extremadura en 1478. Por su ascendencia agnaticia le correspondía el blasón de los Pizarro Añasco (Añascos por Añejos en antigüedad). El blasón de los Pizarro Añasco estaba compuesto de “un escudo con campo de plata cargado por un pino sinople cargado de frutos de oro , en cuyo tronco se apoyan dos osos rampantes en sable de pie sobre sendas pizarras en su color” (2). Este escudo inmemorial del que no se sabe ni cuándo ni por quién fue otorgado, es la prueba de la antigüedad del linaje de los Pizarro, que como otros hidalgos, ostentaban orgullosos sus escudos labrados en piedra.

Francisco Pizarro fue definitivamente el más connotado de este linaje al haber conquistado el más rico imperio de América; luego convertido en Gobernador del Perú y con goce de un marquesado. A todos estos honores se le sumó uno especialísimo que era el de gozar de nuevos cuarteles en su escudo de armas. La concesión de un escudo o blasón por parte de un monarca es quizás, tras un título nobiliario, el más alto honor que puede recibir una persona por parte de un monarca, en agradecimiento a ciertos actos que engrandecen a su real causa. El emperador Carlos I de España y V de Alemania (Sacro Imperio Romano Germánico), vio con buenos ojos a este intrépido conquistador; por ello, tuvo a bien concederle un escudo de armas para él y su ilustre descendencia.
Esta concesión de armas se puede consultar en el Archivo General de Indias, sección Patronato Real; forma parte de una Real Cédula otorgada en Madrid, el 13 de noviembre de 1529 a “Francisco Pizarro, adelantado, gobernador y capitán general de la provincia de Tumbes en el Perú, hijo del capitán Gonzalo Pizarro, por la que se le concede un escudo de armas que podrá usar en su casa y reposteros, sin perjuicio de las concedidas a sus antecesores, en atención a sus grandes y dilatados servicios hechos a la Corona en las Indias” (3).
El blasón concedido por Carlos V está compuesto por: “un águila negra con una corona, la cual abraza dos columnas que Nos traemos por divisa, y la ciudad de Tumbes que vos hallásteis en la dicha tierra al tiempo que la descubristeis, con un león y un tigre por porteros de la puerta principal della, por guarda de su entrada, con cierta parte de mar, y navíos delos quehay en aquella tierra, e por orla certos ganados de ovejas y otros animales con unas letras que digan: Karoli Cesaris auspitio el tabore ingenioac impesa ducis Picarro inventa et pacata” (4). 
Imagen para una mejor comprensión del escudo.

Como verán, se encuentra bastante deteriorado, pero aún se observa el magnífico colorido y trazos que caracterizan a  este antiquísimo escudo concedido hace más de 482 años.
Resulta curioso que la ciudad prehispánica de Tumbes fuera vista como una ciudad europea con torres, muros y almenas; a lo que se debe agregar un león en el pórtico, animal que nunca existió en América. Asimismo, unos navíos con velas, que más parecen carabelas españolas que naves indígenas. Si bien esto puede parecer error del dibujante, quizás no lo sea.
Sobre Tumbes, se decía que era una ciudad bellísima que hacía recordar a Valencia (5) por sus torres y muros de cal y canto. Era tal la magnificencia de aquella ciudad, que incluso fue pintada detalladamente por el conquistador Pedro de Candía, quien recorrió libremente la ciudad. Ciertamente una arquitectura maravillosa que dejó deslumbrados a los españoles; aunque a su regreso al Perú se darían con la triste sorpresa de ver a Tumbes totalmente destruida. Tumbes había sido atacada y saqueada por la hueste de Atahualpa, al haber sido partidaria de Inca Huáscar en la ignominiosa guerra. Sobre el león, creo que pudo ser una equivocación bastante aceptable del heraldista. En aquella época los felinos no habían sido tan bien estudiados como lo son ahora. Seguro se trataría o de un otorongo (el felino más grande de América) o quizás un puma (felino por excelencia de la sierra peruana).

Estatua ecuestre de D. Francisco Pizarro.
Sobre los navíos con grandes velas no debe resultar extraño pues en el Perú se conocía ya desde tiempos remotos el uso de todo tipo de embarcaciones. Recordemos que las culturas prehispánicas que se asentaron en la costa peruana eran expertos e intrépidos navegantes. Así tenemos al reino de los Chincha (Ica, Perú) que llegaron a las costas ecuatorianas de Puná para comerciar el famoso Mullu o conchas Spondylus. También se puede mencionar a los tumbesinos que fueron los primeros en entrar en contacto con los españoles estando en una de esas grandes embarcaciones con velas. Y porque no mencionar al mismísimo Inca Túpac Yupanqui, abuelo de Huáscar y Atahualpa, que en su juventud conquistó el imperio de los Chimú, y estando en Chan Chan (Trujillo, Perú) escuchó noticias de ricas tierras más allá del mar. Armó una poderosa escuadra de grandes navíos a vela y surcó con éxito el Pacífico descubriendo parte de Oceanía (6).
Es así como resulta interesante el estudio de la historia, a través de la heráldica, ya que uno puede descubrir muchísima información contemplando de un simple dibujo, como lo es un escudo, que no solo guarda belleza artística sino también innumerables secretos y anécdotas como lo hemos podido corroborar en este pequeño estudio de las armas del Marqués Francisco Pizarro. A partir de ese momento, Francisco Pizarro y sus descendientes ostentarían orgullosos un blasón (7) en el que claramente se podía ver parte de la extraordinaria historia del Perú prehispánico.
Fuentes:
(1)Rostworowski de Diez Canseco, María. Historia del Tahuantinsuyo. Lima: Instituto de Estudios Peruanos, 1988, p. 291.
(2)Gamarra y Hernández, Enrique. Nobiliario de las ciudades del Perú. Lima: Empresa Gráfica T. Sheuch S.A., 1938, p. 137.
(3)Portal de Archivos Españoles. Archivo General de Indias. Patronato Real. PATRONATO,90A,N.1,R.2. ES.41091.AGI/16416.3.12.1//PATRONATO,90A,N.1,R.2
(4)Gamarra, op. cit., p. 143.
(5)Busto Duthurburu, José Antonio del. Francisco Pizarro. El Marqués Gobernador. Lima: 1978, Librería Studium S.A., p. 46.
(6)Busto Duthurburu, José Antonio del. Túpac Yupanqui. Descubridor de Oceanía. Lima: Fondo Editorial del Congreso de la República, 2007.
(7)El blasón de don Francisco Pizarro sería acrecentado por Real Cédula firmada el 19 de enero de 1537; en ella habrían nuevos cuarteles, llamando la atención el cuartel inferior donde se muestra al Inca Atahualpa capturado.